viernes, 11 de enero de 2013

“La dolce vita”


Estaba sentada con ella en el café, justo en las mesas que daban hacia la ventana, había un sol hermoso, tranquilo y cálido, que le iluminaba el rostro, en verdad lucía muy linda con ese cabello negro largo, su tez blanca, sus ojos grandes… pero apagados, honestamente debo decir que el atuendo que traía le quedaba muy bien, pero en lo particular había algo que no me agradaba; su boca cerrada, sin mostrar los dientes de esa sonrisa que tenía ¡la condenada!
Creo que notó que la veía fijamente porque tomó su taza delante de mí, sorbió un poco, me miró y preguntó - ¿Cómo es que con éste día tan hermoso, me sienta así? Quedé completamente anonadada, no sabía que responder, me dejó totalmente muda, en seguida tomé un trago de mi té y al girar la cabeza hacia la derecha me encontré con un letrero de colores beige, morado y rosa, en una pequeña placa que citaba “la dolce vita”. Antes de que pudiera decir algo ella me interrumpió enérgicamente - ¡olvídalo! fue una pregunta estúpida-  y siguió hablando de lo mal que se sentía, quejándose de todo a su alrededor, como si yo no estuviese ahí, como si las palabras que no le dije y el silencio a cambio no le sirvieran, en fin, lo único que podía hacer era escucharla y tratar de no distraerme con la buena música y los arreglos tan curiosos que adornaban el lugar, había jarros de porcelana, velas aromáticas, varias fotografías de la vieja Italia y sus enormes edificios, y una pequeña figurilla de Buda, que por cierto me hizo preguntarme - ¿Porqué no puedo tener la respuesta a todas sus preguntas? En seguida, como por arte de magia, justo como un “flashazo”, llegó a mi mente la imagen de la pequeña placa que había leído.
Regresé a su plática, seguía hablando como si le prestara atención, tomé su mano y decidí hacerle una pregunta - ¿Ves ésta taza de café? Ella desconcertada y furiosa por ser interrumpida me respondió - sí, ¿Qué tiene de interesante?- pues en verdad mucho, puedo verter varias cucharadas de azúcar, pero ésta quedará asentada en el fondo de la taza, por lo tanto, la tendrás que mezclar bien para endulzar el resto ¿cierto?- Así es, respondiendo sin mucho entusiasmo hacia lo que pensaba decirle, le agarré el rostro y con seriedad le dije - ¡ Así es justamente la vida! En seguida, sobre su rostro se dibujo por fin la sonrisa que esperé ver durante todo el día. De pronto nos interrumpió la mesera y muy amablemente preguntó - ¿Gusta algo más señorita? ¿Espera a alguien más? –Sí, otra taza de café y un cenicero por favor, tengo mucho que pensar.  

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